Notas, fotos y videos de ese costado insólito que tiene el deporte más lindo del mundo.
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miércoles, 31 de julio de 2013

Primera fecha

* Cuento escrito por Ariel Scher y publicado en www.11wsports.com

La gracia de la vida es que no todos amamos lo mismo. El tío Osvaldo, por ejemplo, era indiferente a que el invierno se apagara o a que el verano se encendiera, pero jamás descuidaba su colección de estampillas. El tío Roberto fracasaba cada noche en la que una dama se le proponía como novia, pero jamás se salteaba de su agenda y de su felicidad los recitales del Indio Solari. Y el tío Miguel los quería a los dos, aunque no había acariciado una estampilla ni en los días en los que el mundo parecía una suma de cartas y, menos todavía, distinguía una brevedad de rock de tres compases de tango. Muchos que lo conocían poco y muchos que lo conocían bastante creían que lo de él era el fútbol. Fallaban o casi fallaban. Lo que al tío Miguel le interesaba más que el aire y más que el agua era la primera fecha.

En las casas del tío Osvaldo y del tío Roberto había fotos del tío Miguel gritando el quinto gol con el que River le ganó a Boca el clásico más electrizante de la historia en la primera fecha del Nacional de 1972 y fotos del mismo tío Miguel explotando de emoción en la primera fecha de Metropolitano de 1974, cuando Carlitos García Cambón construyó el debut más espectacular de la historia metiendo cuatro goles de una sola vez para Boca y frente a River. No era que el tío Miguel no tuviera su corazón entregado a una camiseta de fútbol. Ocurría que su condición de hincha funcionaba como una pasión dentro de la pasión. No lo dudaba: si en los documentos de identidad, en la ficha del odontólogo o en los apuntes sobre la tumba hiciera falta apuntar quién era, ese era. Un hombre que encontraba en la primera fecha lo que otros no detectan en nada aunque les hayan abundado la universidad, la plata o las oportunidades de respirar.

El tío Miguel nunca se ausentaba de una primera fecha, pero permanecía semiausente de las demandas para que explicara su conducta. A veces, pocas veces, entregaba pistas. Sucedía cuando la dulzura de las Navidades le ablandaba los labios, cuando se sentía responsable de achicar el dolor de las buenas gentes en los velorios o cuando notaba que uno de los tantos desamparados de la Tierra necesitaba que alguien lo considerara importante. Entonces decía que una primera fecha implicaba una referencia, algo que en algún lugar siempre nos estaba esperando, un edificio especial en medio de las geografías chatas, un posible aprendizaje cuando suponemos que conocemos el manual entero, una certeza de que demasiadas veces todo amaga con estar terminado y de que, sin embargo, demasiadas veces todo vuelve a empezar.

El tío Osvaldo no tuvo más rumbo que la resignación cuando el tío Miguel le quitó su traje de casamiento para ser testigo de un duelo de la primera fecha entre dos equipos sin expectativas de la Primera C de 1987. El tío Roberto aceptó que la fiesta de graduación de su hija médica se hiciera en los escalones del estadio del barrio mientras en ese estadio se jugaba, de la mañana a la noche, la primera fecha de un campeonato lleno de vecinos. La fundamentación no variaba: la primera fecha ponía al universo en otra estatura, fabricaba luz en el horizonte gris. Así, el tío Miguel convenció a un cura jovencito e inteligente de que oficiara la clásica misa de diez en el vestuario de un partido de primera fecha que se disputaba a las tres de la tarde. Así logró que el bar Mitzva del hijo de un amigo judío se celebrara con rituales plenos pero en el círculo central de una cancha que albergaba una primera fecha. Así propuso, sin hallar consenso, que los legisladores que el pueblo votaba asumieran en las jornadas de primera fecha. Intuía que, a la hora de jurar, a algunos les vendría más que bien mirar ojos de primera fecha porque eso significaba mirar la esperanza humana.

Para el tío Roberto, la demostración cumbre del valor que le asignaba el tío Miguel a la primera fecha aconteció cuando invirtió una indemnización completa en viajar de un avión a otro y de ese segundo avión a un tercero para respaldar a los chicos que jugaban por la primera fecha en un país lejanísimo donde nadie miraba fútbol. Para el tío Osvaldo, nada igualaba el agosto en el que el tío Miguel había escrito un texto insuperable sobre el sentido de la primera fecha y se lo había enviado al Papa para que lo transformara en sermón, al secretario general de la Naciones Unidas para que lo convirtiera en compromiso de todos los estados miembros y al último Premio Nobel de Medicina para que le agregara detalles con rigor científico y recomendara a las primeras fechas como un aporte hacia la vida sana. En cambio, para los sobrinos, para las cuñadas, para los compañeros de trabajo y hasta para los que sabían del tío Miguel sólo por versiones, lo más extraordinario de la devoción del tío Miguel por la primera fecha consistía en que no lo había vencido el hecho de que al fútbol y a sus primeras fechas los hubieran atrapado violencias mortíferas, suciedades con formato de negocios y mezquindades repetidas que se desplegaban bajo cualquier argumento. Frente a esas apreciaciones, el tío Miguel no rechazaba realidades y reconocía que el fútbol y las primeras fechas se habían vuelto un desfile de manchas. No obstante, como a todos los individuos que pelean a favor de los sueños, le quedaba una defensa: "La primera fecha es comenzar. Y resignarse a no comenzar es resignarse a que ya no se podrá nada".

No hay anuncios sobre dónde el tío Miguel disfrutará de la próxima primera fecha. En la familia, hay quienes conjeturan que lo hará cerca de los que pasan hambre y hay otros que vaticinan que se pagará la entrada de la mejor platea del planeta. Será cuestión de mantenerse atentos: con un smoking en medio de una banda de desarrapados, cubierto por un paraguas en un clima sin tormentas, enarbolando un ramo de flores entre los dedos o silencioso en el centro de una multitud, lo único seguro es que el tío Miguel estará. Estará y, dado que una primera fecha es un baúl de ilusiones, tal vez otras cosas asombren. Quizás el tío Osvaldo se atreva y, con su colección de estampillas encima, resuelva, por fin, acompañarlo. Y si el eco impagable del Indio Solari vuela desde alguna tribuna, ya saben: también se animó el tío Roberto, que, como en las primeras fechas siempre se inaugura algo, en una de esas se llena de confianza y no fracasa ante la próxima dama que se le proponga como novia.

viernes, 5 de julio de 2013

El penal

* Cuento escrito por Max Goldenberg y publicado en http://max.com.ar/2013/06/17/el-penal/

La cantidad de gente era lo de menos. Lo más importante estaba en el punto del penal y lo que iba a pasar (para mal o para bien) en menos de dos o tres minutos. “Penal bien pateado es gol” siempre dicen. “Claro” pensaba El Tuerto “total… el que patea soy yo”.

Acomodó la pelota haciéndola girar entre sus manos, como buscando el punto exacto donde apoyarla en el punto de cal. “¿Por qué le dicen “punto” si es grande como una torta?” pensó El Tuerto haciendo una mueca que, desde las cabinas, sería entendida como un gesto de suficiencia. En ese momento se le ocurrió pedir el cambio de pelota. “Está desinflada” le dijo al árbitro holandés, sabiendo que no lo iba a entender. El arquero se acercó corriendo, quejándose. “Vos cerrá el orto” le dijo El Tuerto aún teniendo en cuenta que el jugador del otro equipo no hablaba español.

Mientras buscaban otra pelota que satisficiera las necesidades del jugador argentino, El Tuerto aprovechó para mirar hacia las tribunas. Sabía que sería la última vez que estaría en una situación semejante. Posiblemente por mucho tiempo más, ningún jugador de fútbol de la selección argentina tendría la responsabilidad que él estaba a punto de afrontar. Entonces se tomó esos minutos (quizás fueran segundos) para grabarse todo lo que estaba sucediendo.

El arquero lo insultaba. El Tuerto, tranquilo, le hacía gestos para hacerse entender mejor. “No solo no te entiendo sino que, además, me garcho a tu mujer” le soltó con la libertad del idioma que no se entiende. “La pelota está desinflada y, para romperte el culo bien roto, la necesito inflada ¿entendés, ruso?” le gritó. El rival no era ruso pero no importaba. Todos los que son de “por allá lejos” son rusos. Así de simple.

Pensar que él jamás se imaginó estar en esta situación. De hecho, no debería estar jugando. El técnico se lo dejó bien en claro apenas lo convocó para integrar el banco: “Sabé bien sabido que ni mamado te pongo. Gordo como estás, no podés correr ni al colectivo” ¡Qué lejos de aquella aseveración con tono de dictamen final estaba ahora El Tuerto! A punto de patear el penal más importante de los últimos treinta años de fútbol argentino, no pudo menos que reírse de su presente.

¿Cuáles eran las probabilidades de que se lesionaran, en un mismo partido, los dos delanteros y el arquero? Cuando el nueve titular pidió el cambio, el técnico lo miró y le dijo: “Dale Tuerto, calentá”. Ya habían hecho dos de los tres cambios permitidos. El arquero y uno de los delanteros. El único que quedaba disponible era él. Y allí fue, a calentar, con la certeza de que debería empezar a creer en los imposibles.

“Dale Tuerto, dale!” le gritó el técnico “Dejate de saltar como un boludo y entrá” La desesperación por hacer el cambio le impedía mantener la compostura. “Vos entrá y tratá de no hacer cagadas y, en la primera que puedas, la mandás a guardar. Cuidá la bocha, Tuerto. No te hagas el habilidoso que faltan quince minutos más lo que el puto del árbitro agregue así que entrá y quedate arriba. En una de esas, tenemos culo y no tenés que patear al arco”.

Le dio una palmada en el hombro que pareció más un golpe que otra cosa y, aunque parecía mentira, El Tuerto estaba a punto de jugar la final de un mundial de fútbol.

La primera jugada en la que participó fue en el gol del empate del rival. Fue un centro desde la derecha que cayó en medio del área argentina. El arquero quiso despejar con los puños pero no solo le erró a la pelota sino que noqueó al delantero rival. El juez se llevó el silbato a la boca para cobrar penal pero la pelota pegó en medio de su rostro, empujando el silbato, haciendo que el árbitro se lo tragara. En la confusión, El Tuerto intentó despejar el balón pero utilizó su pierna menos hábil y la pelota realizó un extraño chanfle y volvió a elevarse hacia su propio arco. El número once saltó para cabecear el balón y así marcar el empate pero el juez del partido, tosiendo, tratando de expulsar el artefacto atrapado en su garganta, lo desestabilizó e hizo que el delantero cayera encima de un defensor argentino, errando así el golpe original pero no al balón que salió disparado en un tiro que desafió cualquier lógica. La pelota rebotó en el travesaño con tanta violencia que llegó hasta la mitad de cancha. Allí estaba ya El Tuerto quien, alertado por la situación, había corrido en esa dirección. Llegó antes que el mediocampista rival y quiso patear hacia el arco pese a los gritos desesperados de su técnico quien le recomendaba que no pateara y que se fuera, ya que estaba, a la concha de su hermana. El Tuerto logró realizar el disparo y pateó la pelota con toda su fuerza intentando que ésta llegara al arco contrario. Lo que no tuvo en cuenta era que el cinco rival, adelantado a la jugada, había saltado tratando de evitar esa gesta. Y lo logró, aunque nunca vería el resultado de su heroica acción. La pelota pegó de lleno en su rostro y lo fulminó al instante. Tal fue la fuerza del impacto que hizo que el balón realizara una parábola extraña y volviera hacia el área argentina. Lo cierto es que, en ese instante, el árbitro había logrado escupir el silbato y trataba de hacerlo sonar para cobrar falta cuando la pelota cayó desde lo alto del cielo, le pegó en la cabeza y entró en el ángulo superior izquierdo sorprendiendo al arquero que voló hacia la derecha. Gol y empate.

La segunda jugada fue la del penal. Los rivales, cansados, hacían tiempo para llegar al fin del tiempo reglamentario y, así, a los penales para definir el mundial de una buena vez. El arquero se la pasó al dos. El dos, de rabona, se la dio al tres y allí se desató la tormenta perfecta. El tres, como todo tres, no era para nada habilidoso. Intentó levantarla para dársela de cabeza a su arquero y que este la pudiera tomar con las manos. El problema fue que el tres la levantó en exceso y mandó un centro bombeado al medio del área. El arquero argentino, que estaba allí sorprendiendo a todo el mundo intentando sumar un hombre en ataque, saltó con las manos en alto buscando apresar el balón, en una clara muestra de deformación profesional. El arquero rival hizo exactamente lo mismo haciendo que ambos profesionales del arco quedaran anudados, abrazados. La pelota sobrepasó ese abrazo fraterno y quedó picando en las inmediaciones del área chica. Allí El Tuerto vio su posibilidad para marcar el gol y, de esa forma, ganar el mundial. En ese momento, el juez de línea quiso levantar la bandera para marcar una falta pero lo hizo con tanta vehemencia que el banderín salió disparado como un proyectil en dirección del área donde estaba la pelota a punto de ser impactada por el pie menos hábil del Tuerto. El banderín, convertido en una flecha, impactó de lleno en la pelota y la movió lo necesario para que El Tuerto pegase una patada al aire, realizase una pirueta y cayese de espaldas. El juez no dudó un instante: penal. Quedó agachado, con su mano derecha apuntando hacia el punto penal y la izquierda sosteniendo su silbato. El pitido duró aproximadamente catorce minutos. De joven, el juez del partido había sido buzo táctico y había desarrollado una extraordinaria capacidad pulmonar.

Todos se miraron. Como cuando el padre pregunta a los hijos quién rompió el jarrón, nadie se quiso hacer cargo del penal. El técnico, desde el banco de suplentes gritaba desesperado que cualquiera agarrase la pelota pero que, bajo ninguna circunstancia fuera El Tuerto quien ejecutase la pena máxima.

¿Y quién sino El Tuerto sabía lo que significaba la pena máxima? “Que le pregunten a la Rosita sino” pensó él con un dejo de tristeza, recordando a la bella vecina que nunca le diera bola y que, encima, se terminara casando con el gil de Vicente, cuyo logro máximo era ser el hijo del dueño del almacén de la esquina. Si eso no era pena máxima, entonces había vivido equivocado toda su vida.

“Voy yo. Los veo en un rato, muchachos” canchereó El Tuerto con voz firme pero con el corazón a punto de explotar de los nervios.

Allí estaba, pues, El Tuerto a punto de patear el penal que haría que Argentina pase a ganar el partido faltando menos de dos minutos para que se cumpliese el tiempo total de juego.

“Si me viera mi vieja…” pensó El Tuerto mientras le alcanzaban un nuevo balón. No era una expresión de deseo por tener a su madre viva ya que ella estaba en las tribunas en ese preciso momento. El problema era que la madre del Tuerto era ciega de nacimiento.

Apoyó la nueva pelota, reluciente, sobre el punto del penal. La hizo girar un par de veces apuntando el pico hacia el arquero, como si fuese una mira telescópica. Le dio un beso, deseándole suerte “No me cagues en esta, redonda” le dijo. Y se levantó. Se había tenido que tirar al piso para poder besar el balón y susurrarle su último pedido.

Una vez erguido empezó su caminata en reversa, para no sacarle la mirada al arquero quien se movía dando unos saltitos sobre la raya de meta. Cuando llegó a la mitad de la cancha se frenó. La pelota le había quedado un poco lejos, es cierto, pero al Tuerto siempre le habían gustado las carreras largas. No por nada seguía jugando pese a tener ya cuarenta y siete años. Intentó serenarse pero el corazón le latía, encabritado, dentro de su pecho tan fuerte que varios hinchas lo confundieron con los bombos de la barra brava.

Sonó la señal del árbitro, habilitando la ejecución del tiro desde el punto del penal. El Tuerto empezó, entonces, su carrera final. Al principio con un suave trotecito pero, conforme se acercaba al área grande, su carrera era alocada. Estaba a tres zancadas del momento cúlmine de su carrera deportiva. Argentina estaba a tres zancadas de ser otra vez campeona del mundo.

Dio la primera zancada y pensó en que no había dejado programada la videocasetera para grabar su novela favorita. “Qué manera de desperdiciar una zancada” pensó.

Dicen que en la anteúltima zancada, el pateador decide para qué costado va a dirigir el tiro. En su segunda, la anteúltima, El Tuerto decidió que no iba a decidir nada. Que se dejaría llevar por el momento, que estaba cansado de planificar todo. Que era momento de improvisar y dejar de ser tan previsible. “Que fluya” se dijo.

Apoyó firmemente el pie izquierdo al costado de la pelota y se preparó para dar el puntapié final. Llevó la pierna derecha hacia atrás, bien atrás, casi tocando su glúteo con el talón y lanzó la pierna hacia adelante con todas sus fuerzas. Pensó en todos: en las millones de personas que estaban mirando la tele, en su perro Tito que lo esperaba en su casa, en su viejo que fue quien le regaló su primera pelota, en su novia Matilde a quien ya no amaba pero le daba pena dejarla y en la videocasetera sin programar “puta, justo hoy que termina la novela” reflexionó y pensó en Argentina Campeón del Mundo. Pensó además que, si erraba el penal, se tenía que mudar de país. Pensó que era demasiado tarde para arrepentirse.

Pensó en todo eso.

Y pateó.

miércoles, 5 de junio de 2013

Aspirinas y Caramelos

* Cuento escrito por @oliveraluciano y publicado en www.hombredecampo.tumblr.com/

La primera vez que tuve la sensación de que mi viejo se moría, que lo vi débil de verdad, fue yendo a ver al Rojo.

Rodolfo (así se llamaba) era periodista. Trabajaba en tele, en radio, en gráfica… Los viernes solía llegar con un regalo: credenciales de Prensa para la cancha. Yo crecí acostumbrado a los lugares privilegiados. Vi muchos partidos en las cabinas, al lado a los relatores de las radios, o en plateas “lujosas”. Era parte de la “chapa” de mi papá.

Pero en 1980, la mano venía distinta. El viejo estaba sin laburar en los medios. En la Argentina de la plata dulce, había puesto un kiosco en la galería de al lado de Sadaic. Ese negocito, último bien de una extraña herencia familiar, no daba para ningún lujo. Vivíamos con lo justo. Para colmo, al periodista le faltaba el “brillo” de la profesión. El otrora escriba reconocido y jefazo, ahora expendía alfajores, turrones y 43/70. Un dato: lo hacía de saco y corbata. Me cuesta recordarlo con otro ropaje. Era casi su uniforme.

Es posible que yo, con 11 hincha-bolas años, haya insistido en ir a la cancha ese día caluroso de diciembre. Jugábamos el partido de vuelta de una semifinal del Nacional. Racing de Córdoba nos había ganado 4 a 0 en la ida, pero vaya a saber que extraño convencimiento nos llevaba a creer que lo podíamos dar vuelta.

Tomamos el bondi a Avellaneda (ya no teníamos el Fiat 800 que se había ido para pagar una deuda) y encaramos la larga caminata por la siempre convulsionada Alsina. Eramos miles los que caminábamos hacia el estadio de la Doble Visera envueltos en banderas, gorros y entonando cantitos que prometían que “vamos a salir campeón…”

Llegando a las boleterías, vi que el viejo encaraba para la fila de la Popular. Debe haber visto la cara de decepción del nene acostumbrado a las cabinas y las plateas. Me dijo algo así como “hoy vamos acá, es mejor”. No le creí. Entendí que era lo que se podía.

La fila de al lado, la de las butacas, era más ordenada. La de la General era un caos de empujones, gritos… Mi viejo -vale la pena recordar que lo suyo eran las letras más que las multitudes…- pujaba por llegar a la ventanilla, pero no avanzaba. De pronto lo vi salir de ese marea de compradores de último momento. “Vamos, esto no es para nosotros” me dijo.

Me salió de adentro un “Y si vamos a la platea?” Creo que mi pregunta fue un puñal. Me contestó “No tenemos plata”. Recuerdo la sequedad de la respuesta. Hoy entiendo que era la última armadura de un tipo disminuido, que no podía cumplirle “algo” a su hijo. Era grave? No, claro que no. Pero evidentemente para él tenía un simbolismo. Ya no era lo que había sido. No se le abrían las puertas de las cabinas. No llegaba a comprar dos plateas. Empezaba a no poder.

Con aire de vencidos, volvimos por Alsina, una calle que siempre me pareció horrenda. Mientras nos alejábamos del estadio, recuerdo haber escuchado el rugido de las tribunas, exaltadas por la salida del equipo…

A las pocas cuadras, mi viejo detuvo su caminata. Me miró y me dijo “esperá un segundo”. Se sentó en el portal de una casita. “Qué te pasa?” le dije. “No me siento muy bien, ya se me pasa”. Una señora que veía la escena desde adentro de la casa salió y le dio un vaso de agua. La situación no duró mucho, se recompuso rápido. Al rato estábamos de nuevo en el colectivo y media hora más tarde, en casa.

Lo que podría haber sido un simple sofocón, fue para mi una señal grave. No se bien porqué, pero ese día de diciembre, algo me dijo que mi viejo se me estaba muriendo. Tenía insólitos y jóvenes 53 años, pero fumaba mucho, había tenido un pre infarto un par de años antes, no se cuidaba… Y estaba (comprendí muchos años después) muy deprimido.

Rodolfo se fue un año y medio después, sin dar demasiada lucha, sin comprender que era más importante cuidarse que entregarse al vicio que lo había tomado a los 14 años y del que, para colmo, estaba orgulloso. Nos dejó rápido. Mi enojo con él, por no haber estado, por no haber bancado, por no haber peleado, duró años. Muchos años.

Ese hombre que se fue envuelto en debilidades, antes de apagarse, fue mi ídolo. Ese porteño tanguero que no me legó un mango, me dejó un puñado de cosas invalorables: el gusto por la historia, la pasión por la lectura, el placer por una buena partida de ajedrez, el ateísmo, una imagen de decencia inquebrantable que fue clave para que yo no me desviara cuando me tentaron… Y claro, el paladar negro de hincha de Independiente.

De muy chico aprendí dos versos : Maril, De la Mata, Erico, Sastre y Zorrilla (el primero) y Miceli, Ceconatto, Lacacia, Grillo y Cruz (el segundo). Se dicen de corrido, rápido, porque decirlo así es señal de que sabes…

Nos recuerdo embanderando juntos la casa, mientras esperábamos que la Central Terrena de Balcarce retransmitiera la señal de alguna final de la Libertadores jugada en Montevideo, en San Pablo, en Santiago… Nos veo saltando y gritando goles de Bertoni que ya van a venir, repitiendo Bo Bo Chini hasta la afonía, aplaudiendo barridas de Pancho Sa, corajeadas del Mencho Balbuena, tiros libres de Pavoni… Me gustaba escuchar aquella anécdota de una tarde en la que Bernao se había acercado a plena platea baja y le había dedicado un gol a mi vieja… Amaba a Boneco, aquel perro pulgoso que salía a la cancha con el primer equipo, llevando en su boca el banderín del CAI.

Cuando yo era chiquito, Rodolfo solía venir con un caramelo. Me lo daba y me decía “te lo manda el señor Independiente”. A veces, en vez de una golosina traía una aspirina. Ante mi mirada de asco, respondía “te la manda el señor Racing”. Era un tipo serio, pero cuando quería, tenía salidas memorables.

El viejo se fue en junio -vaya casualidad- del 82. No llegó a ver el gol de Percudani al Liverpool. Tampoco vivió esa tarde en la que salimos campeones frente a un Racing que descendía. Pero su vida estuvo repleta de vueltas olímpicas, de hazañas, de gloria internacional. De eso, se fue lleno.

Escribo esto en plena agonía. A no ser que obre un milagro, en tres semanas nos habremos ido a la B.

No se que pensaría Rodolfo ahora, pero estoy seguro que jamas se le cruzó por la cabeza que su invencible equipo repleto de copas, estuviese así, casi sentenciado, a días de adquirir esa mancha imborrable.

Me costó añares despedirlo, hacer un duelo como corresponde. Creo que una buena parte de mi tristeza actual tiene que ver con que no puedo parar de recordarlo. De recordarte.

Volvé viejo. Aparecete de traje, envuelto en una bandera roja. Decime que todo esto es una aspirina que me mandó el señor Racing. Que nosotros comemos caramelos, porque los amargos son ellos. Enseñame de nuevo a aplaudir un sombrerito del Bocha. Agarrame de la mano para gritar un gol de Bertoni.

Si no podes volver, te entiendo. Ya es hora de bancármela solo. Seré digno. Aunque, te aviso. A escondidas de Lola, voy a llorar.

Chau viejito. Descansá en el cielo inexistente de los ateos. Algún día vamos a volver.

Este también es un modo, tardío, de despedirte.

viernes, 26 de abril de 2013

El fútbol de la Abuela

* Cuento escrito por Ariel Scher y publicado en www.11wsports.com

La Abuela decía siempre que lo mejor de la música era Silvio Rodríguez cantando "El tiempo está a favor de los pequeños" y que, desde que descubrió que la vida cabía en el cine, nunca se había emocionado tanto como con una película que se llamaba "La clase obrera va al paraíso". No era artista ni devota de los museos, la Abuela, pero igual se había armado un cuadro precioso en su pieza, con el recorte de una página de la revista El Gráfico de 1973, en la que un triunfo de All Boys sobre River en el estadio Monumental también lucía ese título: "La clase obrera va al paraíso". Falta decir que, además de no ser visitante de museos, la Abuela no iba a las canchas no por antipatías sino porque le tocó crecer en una época en la que ser mujer y ser futbolera no parecía posible para un mismo cuerpo. Sin embargo, cada vez que se enteraba de que un equipo humilde le ganaba o le intentaba ganar a uno poderoso, la Abuela lloraba llantos de felicidad.

La mejor amiga de la Abuela hablaba por los labios, por los codos, por el miedo al silencio y por la soledad. En general, escucharla tenía que ver más con la caridad que con la voluntad y era un acto que agotaba tanto como ser rival del Barcelona de Xavi y de Iniesta y pretender quitarle la pelota. De todos modos, no resultaba necesario ser nieto ni sobrino nieto ni ex compañero de colegio de la Abuela para morir de admiración y de ternura cuando esa amiga recordaba cómo se enamoró la Abuela del Abuelo y en cuántos segundos germinó ese amor. Fue en 1950, en un julio diferente de los julios anteriores y posteriores. Un rato antes de la final del Mundial, que se jugaba en Brasil, la Abuela avanzaba sin urgencias rumbo a una panadería en la que, al compás de los ritmos de ese tiempo, tampoco nada era urgente. El único que daba señales de apuro era el muchacho que se ubicaba un paso adelante de la Abuela en ese negocio impregnado por al aroma mágico del pan. Con excitaciones fuera de contexto, ese muchacho pidió rápido medio kilo de miñones y se excusó por su aceleración, pero reveló que lo apremiaba obtener alguna noticia de lo que ocurría entre Brasil y Uruguay, las dos selecciones que iban por el campeonato. Enseguida, sin que se lo preguntaran, confesó que hinchaba para Uruguay, un poco porque lo creía el más débil y otro poco porque suponía que, frente a tanto público local, los jugadores debían requerir de algún aliento a la distancia. Fue suficiente. Según el relato de aquella amiga, La Abuela se desentendió del pan, de que le llegaba el turno de su compra y, también, del universo completo. Salió de la panadería, caminó o corrió detrás del muchacho que hinchaba para Uruguay con medio kilo de miñones en un paquete y le propuso casamiento. Desde entonces, la Abuela y el Abuelo no se separaron más. Y no dejaron de hacer fuerza ni en una sola de sus horas compartidas a favor de los candidatos a la derrota que no se resignaban a la derrota.

Los hijos y las hijas, las vecinas y los vecinos, los vendedores del barrio y, por supuesto, la amiga que no paraba de hablar fueron testigos, a través de las décadas, de cómo la Abuela se frenaba en las plazas para gritar los goles que los equipos de bajitos les hacían a los equipos de grandotes y de su fiesta profunda cuando las noticias de un mundo injusto avisaban del triunfo de un oprimido sobre un opresor. No por azar, la Abuela se sintió atleta cuando Abebe Bikila se impuso, pies descalzos inolvidables, corazón vestido de todo, en el maratón olímpico de Roma en 1960, superando no a sus adversarios de circunstancia sino a los que suponían que alguien así no podría vencer. Y, aunque sus propios pies no estaban ni cerca de marchar como los del gran Bikila, advirtió que le sobraba fuerza para subir por las paredes en cada mañana en la que los diarios publicaban que los castigados del planeta sepultaban una prohibición vieja y disfrutaban de una nueva libertad.

La Abuela distribuía su artesanía de notable repostera entre los jóvenes que escalaban las tribunas visitantes de los estadios más famosos durante los domingos en los que sus equipos estaban condenados a perder. Con frecuencia, con enorme frecuencia, esos equipos cumplían con los vaticinios y perdían. No obstante, lo que la Abuela valoraba, lo que justificaba su reparto de masas y de masitas, era que esos hinchas no se rendían y se permitían la esperanza de que alguna tarde, quizás justo esa tarde, antes y después de otras tardes de decepciones previsibles, lograrían ver una victoria valiente. Eso explica que, aunque ya bordeaba la parte más vieja de su vejez, la Abuela averiguara en el 2012 cómo se hacía para mandar al exterior la más gigante y la más sabrosa de todas las tortas de frutilla y chocolate que preparó desde que su propia abuela la entrenara en frutillas, en chocolates y en los sabores de existir. No le costó entender el mecanismo del envío, pero se le tornó duro vulnerar una contradicción. Sucedía que, entre todas las palabras de todos los idiomas, pocas la conmovían más que la palabra "unión". Y esa torta gigante estaba modelada gramo por gramo a causa del tropezón de una institución imponente que le caía simpática, precisamente por esa palabra: el Manchester United. No obstante, a la Abuela le había parecido tan épica la actuación del Athletic Club de Bilbao, cuando superó al United en la mismísima Manchester por la Liga de Europa, que consideró que los jugadores vascos merecían recibir esa torta suya. Es cierto que la Abuela no encontró jamás la manera de verificar si la torta gigante arribó a su destino. Tan cierto como que, cuando el Athletic tocó el cielo en ese partido glorioso, el Abuelo y ella, naturalmente, lloraron de felicidad.

Quizás por ejercer tanta pasión o acaso por respirar intensamente tantos años, a la Abuela se le extravió en los últimos meses la potencia de las manos para inventar tortas gigantes. Se lo confidenció, con cierta pena y en fechas de cumpleaños, a dos de sus nietos soñados. Uno era hincha de River y otro era de Racing, amplio argumento para que ella también deseara todo lo bueno para River y para Racing porque cualquiera conoce que nada vuelve más radiante a una abuela que un nieto en estado de sonrisa. Aun así, hace unas noches debió excusarse con ambos por más cuestiones que las tortas ausentes. Es que a River y a Racing, dos grandes del país de la Abuela, los dejaron fuera de un torneo denominado Copa Argentina dos clubes de resonancias más cortas como Estudiantes de Buenos Aires y Tristán Suárez. La Abuela se estremeció por los abrazos de los jugadores y de los hinchas de esos equipos, abrazos que atrapaban la maravilla de haber transformado en posible lo imposible. A sus nietos les aseguró que no importaba mucho un gol más o un gol menos porque los soles y las sombras que salen de las canchas van y vienen, como van y vienen tantas cosas, así que no era sensato entramparse demasiado ni en esa ni en ninguna frustración. Y que, en cambio, esos resultados funcionaban como prueba de lo más hondo que ella podía legarles: la idea de que la historia no del fútbol sino de las personas está poblada de lógicas, pero nunca podrá escribirse de antemano. Una digna vida entera le había enseñado a la Abuela que lo único que se sabe del futuro es que está lleno de hazañas pendientes. Y que una hazaña pendiente es que el tiempo esté a favor de los pequeños, o sea de cada ser humano, o sea de cada igualdad. Convencida y conmovida estaba la Abuela contándole eso a los nietos, orgullosa de percibir que la comprendían, mientras se acordaba del Abuelo en la panadería, hinchando por el más débil, y se volvía a enamorar.

viernes, 22 de marzo de 2013

Baldosas para un wing

* Cuento escrito por Ariel Scher y publicado en www.11wsports.com

En una baldosa, más chica o más grande, más rota o más sana, cabe todo. Lo sabía Carlos Alberto Rivada, wing derecho de los buenos, a quien le alcanzaba la superficie fecunda de cualquier baldosa para gambetear de allá hacia acá y de acá hacia allá, empastando los tobillos de los defensores rivales, avisándole a la lógica que quedaban cosas por inventar, descubriendo la jugada que nadie había escrito, haciendo de la pelota una socia, un amor o una hermana. Igual que cada pedacito del universo, una baldosa puede ser una nada o un mundo, según quién ponga los pies y la imaginación y la inteligencia y la audacia sobre esa baldosa. Rivada siempre hacía mundos y nunca hacía nadas sobre las baldosas, como recuerdan sus amigos y sus públicos. O como hubieran dicho las propias baldosas si, además de ser suelos de sueños, tuvieran voz. O como seguiría haciendo él, si no lo hubieran desaparecido.

En una baldosa, en las canchas de tierrita o en los campos que permiten que crezca el césped de fútbol, Rivada desparramaba destrezas y corridas, casi siempre en la Primera de Huracán de Tres Arroyos, su patria deportiva mientras, militante de más cuestiones que los goles, trabajaba para modelar lo que creía que sería una patria más digna no sólo en el deporte. Otra de sus patrias consistía en una vocación profesional, la ingeniería electrónica, que lo había hecho migrar de ida y con vuelta desde las baldosas de Tres Arroyos hasta las de Bahía Blanca, donde, futbolista en cada minuto, cursó la universidad pero no interrumpió el hábito de los pelotazos y se calzó la camiseta del club Liniers. Una patria más, la de las entrañas, tenía formas de familia y la compartía con su mujer, María Beatriz Loperena, y con sus chiquitos bien chiquitos, Josefina y Diego.

En una baldosa, en el espacio de una baldosa, Rivada se sacó de encima a un adversario durante el partido del 2 de febrero de 1977 que lo puso enfrente del campeón de Necochea, Estación Quequén. Jugó de wing derecho como cada vez y jugó para Huracán de Tres Arroyos como cada vez, pero la existencia no era la de cada vez. Las baldosas de la Argentina, el país en el que Rivada se había construido como futbolista, como militante, como ingeniero y como papá, temblaban por el paso de la barbarie y se hundían por el peso de una dictadura. Unas horas después de ese partido, en la madrugada del 3 de febrero, Rivada y su esposa fueron secuestrados en su casa del número 30 de la calle 9 de Julio. A Josefina y a Diego, los chiquitos, también los secuestraron y los abandonaron en las puertas de un hospital de la ciudad. Una enfermera los rescató del abismo, un núcleo familiar les permitió crecer en el cariño. Y sobre un millón de baldosas caminaron de allí en adelante preguntándose por su madre, por su padre, por qué.

Rivada es un nombre que suena como una emoción o como un legado en mil circunstancias del fútbol y, en especial, en las inminencias de cada 24 de marzo, la fecha bruta de 1976 en la que un régimen de horrores fue instalado en la Argentina. Y si ese nombre suena como suena es porque, baldosa sobre baldosa, hubo personas y organizaciones que recuperaron la historia de muchos nombres, los de los deportistas desaparecidos, y evidenciaron que el deporte queda adentro de la realidad y que la acción arrasadora de los dictadores y de sus secuaces dejó marcas en las canchas y en las pistas. Y si ese nombre suena como suena es, además, porque Diego Rivada, heredando lo que había que heredar, también apiló, junto con otra gente, baldosas sobre baldosas, ladrillos sobre ladrillos y sudores sobre sudores para que un club destrozado, el Deportivo Barracas de General Lamadrid, recobrara vitalidad, se convirtiera en un lugar donde respiran y sonríen muchísimos chicos y reivindicara el valor del deporte como una posibilidad para transformar y para transformarse. O sea para que, con creatividad, con compromiso y con alegría, las baldosas sobre las que se levanta el presente se sostuvieran en los cimientos que le dieron sentido a los días de su papá.

Ahora, en Tres Arroyos preparan una baldosa que diga María Beatriz Loperena y que diga Carlos Alberto Rivada. La estamparán delante del número 30 de la calle 9 de Julio. A simple interpretación, se dirá que esa baldosa expresará un homenaje. Sin embargo, será más que eso. En una baldosa cabe todo. Y en esa, la que va a florecer frente a esa casa, respiran la memoria y la justicia, laten la vida y un wing derecho, están Carlos Alberto Rivada y lo mejor de la humanidad.

jueves, 7 de marzo de 2013

El fútbol no es ningún cuento

Fútbol Curioso inaugura su sección de cuentos de fútbol. Esperemos que puedan disfrutar de estos relatos breves que no tendrán otro objetivo que el de abarcar este hermoso deporte desde otro costado: el ficcional. Acá, la primera entrega.

El gol de sus vidas

No fue cualquier abrazo. Uno con una sonrisa que parecía escapar de su cuerpo y el otro con lágrimas en los ojos. Ambos, con piel de gallina. Pero para entender ese momento, sublime e inigualable, hay que ir unos cinco meses y 26 días más atrás en el tiempo. 

Las palabras de Tony, médico traumatólogo, le entraron como una daga directo al corazón: “Seis meses sin jugar al fútbol”. “Seis meses sin jugar al fútbol”, se repitió Maku, un tipo de sonrisa permanente que en ese momento se puso serio como un guardia del Palacio de Buckingham. El paciente quiso hacer un comentario pero su boca seca lo impidió. Estaba helado. Pero a los diez segundos, sí diez segundos, ya estaba pensando en la rehabilitación. Ya había superado el duro diagnóstico de rotura de ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha y pensaba en la vuelta. Un optimista, como el padre.

Maku llegó a su casa y Pedro, el mayorcito de sus dos hijos y el único varón, le dijo: “Hola campeón”. Con tres años recién cumplidos, y una camiseta de fútbol con los colores que le había inculcado su progenitor, se le sentó en la falda y observó algo para él incomprensible. Era un almanaque. Maku ya estaba pensando en una fecha en la cual ser operado.

El 14 de diciembre a la mañana fue la operación. A la noche estaba en su casa y tres días después haciendo quién sabe qué arriba del techo de su casa. Un genio o un inconsciente, una de dos. En un abrir y cerrar de ojos dejó de utilizar la primera muleta y al poco tiempo abandonó la segunda. Pasó Navidad y el 26, un día caluroso pero lluvioso, le sacaron los puntos.

Un sabio platense, que años atrás sufrió la misma lesión, dijo alguna vez: “Los dos primeros meses de rehabilitación de ligamentos cruzados son lo que para la mujer es el parto”. Maku, con una garra admirable, se la bancó como pocos. Hay un ejercicio, típico luego de esta cirugía, en el que la persona operada se acuesta boca abajo y alguno de los encargados de la rehabilitación va empujando la pierna quirúrgica en dirección a la cola, flexionando la rodilla. Todo ser humano en esa situación grita, insulta y hasta llora. Él, en cambio, mordía un almohadón amarillo limón y casi no emitía sonido.

Maku fue superando obstáculos y al mes de la operación ya había conseguido lo que todos tardan poco más de sesenta días. Su rodilla reconstruida, con dos tornillos y un injerto, tenía la misma movilidad que la otra. El médico y los profes no lo podían creer. Nunca antes habían logrado que un paciente evolucionara tan rápidamente.

El tiempo pasaba y un sueño se repetía. Más de una noche Maku se despertó a la madrugada con un grito de gol atragantado. A veces de rebote, otras de cabeza y en alguna ocasión de chilena (una de sus mayores virtudes en el deporte de los noventa minutos). Pero la idea era la misma: no sólo volver al fútbol, sino también convertir un gol. En la vida hay dos tipos de orgasmos, los que crean familias y los que crean pasiones. El gol es de los segundos. El gol es mucho más que un try en el rugby, un tanto en el tenis y un triple en el básquet. El gol se grita desesperado y es el único momento en que dejás de ser vos mismo. Estás en otra dimensión. Por eso, soñaba con la vuelta y con ese grito del corazón.

Pasados tres meses de la operación los encargados de rehabilitar a Maku estaban desconcertados.

­­- No puede ser, ya está para trotar. Le hice un par de pruebitas físicas sin decirle para qué eran y está como nuevo- dijo Javi, el más asombrado de los profes.

- Sí, yo lo vi y la verdad es que su recuperación fue mucho más rápida que lo normal. Igual todavía no le digan nada porque si sabe que está tan bien, va a querer jugar al fútbol a los cuatro meses- ordenó Tony, mientras movía la cabeza de lado a lado, sin encontrar respuestas.

Pasaron dos semanas más y el mismo médico se acercó a su paciente. “Mirá tu rehabilitación va excelente y de a poco los chicos te van a ir largando. Hoy vas a trotar tres vueltitas y de a poco vas a ir corriendo un poco más”, le dijo Tony. Ese mismo día Maku se hizo el tonto y robó una vuelta. Fueron cuatro.

Las mejoras físicas continuaron y a fines de abril el morocho de sonrisa constante ya estaba para jugar. Por supuesto que nadie se lo dijo. Tanto médico como profes optaron por la prudencia y sólo un mes más tarde le dijeron que su pierna estaba casi recuperada. Igual, la aclaración de Tony fue contundente: “Todavía no juegues al fútbol”.

Llegó a su casa con un buen humor más grande que lo habitual. Beso en la boca para su mujer y abrazo con sus dos criaturas, las primeras acciones. “Hola papá” y “Hola campeón” fueron las palabras de Juana y Pedro respectivamente.

Llegó el sábado y no jugó al fútbol. Hizo caso a las recomendaciones médicas. Era un día de junio pero la temperatura era agradable. Maku se vistió de deportista y salió a trotar con la compañía de los Rolling Stones que cantaban en sus oídos. A los 37 minutos estaba de regreso. Se sacó la remera y se puso a regar. Su hermano menor se acercó a saludarlo.

- ¿Qué hacés regando un sábado a las diez de la mañana?, dijo con una voz de recién levantado que se asemejaba a la de Mostaza Merlo.

- Qué tiene- respondió Maku. –Regar es como ir a terapia, te despeja- filosofó.

Durante la semana siguiente la pierna siguió con una mejora creciente. Asistió a la rehabilitación cada uno de los días correspondientes, mientras esperaba que el viernes le dijeran “sí, ya estás para jugar”. Nada de eso ocurrió. Tony, pensando en que le daba una buena noticia, le dijo: “Clínicamente ya estás de alta, pero esperá dos semanitas para jugar, eh...”. El morocho miró el piso y no atinó a decir nada.

Al otro día, a las 13.07 sonó el teléfono. Era el Loro con la noticia de que faltaba uno para el partido de las 14 y que nadie podía conseguir a uno para completar. “Dejame pensar”, suspiró Maku. “Hacemos así, voy con mi hermano y yo de paso aprovecho para correr un rato”...

Los dos hermanos partieron a último momento. Cruzaron la ciudad a diez mil kilómetros por hora y finalmente llegaron a tiempo (sólo doce minutos tarde era todo un récord). A Maku le encanta llegar a último momento; no hay vez que su equipo no esté cambiado esperando por su presencia. En realidad sí, sólo cuando él es el encargado de lavar las casacas. En esas oportunidades todos están esperando no sólo por su llegada sino también por la vestimenta.

- Ya son once, les traje a mi hermano- dijo con el orgullo que le producía haber solucionado un problema a pesar de no estar para jugar.

- Mmmm, hubo un imprevisto. Se bajó Jose y otra vez somos diez- lamentó el Loro, señalando al resto con ambas manos.

“Que feo empezar un partido con diez. Es casi tan malo como ir a jugar al fútbol 5 y ser nueve. Un asco”, pensó Maku. El grupo quedó en silencio. Todos sabían que con uno menos casi no había posibilidades. Los rivales no eran ningunos improvisados, por algo venían invictos. El pitazo agudo del árbitro rompió la parálisis de Los Paturlanes, el equipo de Maku y compañía.

- Pará, pará, hagamos una cosa. Yo juego, me quedo parado, pero por lo menos no juegan con diez- dijo Maku que ni siquiera tenía botines.

- No seas pelotudo- saltó su hermano que hasta ese momento había estado en absoluto silencio.

- No, de verdad. Me quedo ahí arriba y paso las que me llegan. Yo soy el primero que se va a cuidar- contestó el morocho.

Esas palabras absurdas convencieron a todos. Era obvio que no iba a cumplir con nada de lo que había dicho. Y así fue. Las corrió y las pidió todas. Igual el nivel del delantero en los primeros veinte minutos no fue del todo bueno. El sacrificio estaba, pero le costaba, y mucho, poder hacerse de la pelota. Le resultaba imposible pararla y muchos menos correr con la bola al pie.

Las sensaciones del hermano de Maku eran diversas. Por un lado la alegría de volver a jugar juntos, por el otro, miedo. Pánico. Cada vez que el morocho aceleraba, giraba o simplemente se movía, su hermanito sufría. Fruncía la cara y esperaba el final de la jugada para ver que pudiera volver a correr.

En definitiva los dos estaban jugando mal. Uno por volver al fútbol después de casi medio año y el otro por el susto que tenía. Promediaba el primer tiempo y casi no habían hecho nada. Igual, los otros veinte jugadores, esto hay que aclararlo, tampoco generaban demasiado. Se convidaban la pelota en forma permanente y las imprecisiones dominaban la escena.

De pronto Tincho, de Los Paturlanes, un marcador de punta criterioso pero ya sin tanta velocidad, tomó el balón en posición de ocho y empezó a escalar por la franja derecha. Los rivales no le salieron y el tipo avanzó. Cuando llegó a la altura del área, levantó la cabeza y mandó el centro...

En el área había cinco personas. Un arquero vestido en forma exagerada, tres defensores, todos con una altura superior al metro con 75 centímetros y Maku. Ah, algo que todavía no se mencionó: el morocho mide 1,66. El único atacante picó al primer palo y un segundo antes de que llegara la bola se impulsó con sus zapatillas blancas. En el aire cabeceó.

Del otro lado, por la banda izquierda, subía su hermano que cuando vio el cabezazo frenó de golpe. Con él, también se detuvo el número cuatro. Ambos presenciaron un salto perfecto y una definición cruzada, muy estética, pero con destino incierto.

El final de la jugada merece ser repasado desde el punto físico en donde se encontraba Maku. Si hacemos dos líneas rectas e imaginarias, una desde el primer palo hacia adentro de la cancha y otra desde el punto del penal hacia el sector desde donde venía el centro, nos encontramos con el morocho. Desde ahí, exactamente en ese punto, el petiso cabeceó la pelota. ¿Dónde terminó la bola? Antes que nada hay que decir que la parábola fue perfecta. El único que tuvo certezas sobre el destino final fue el arquero quien estaba convencido de que todo terminaría en el cuarto saque de meta en su favor. Error. Pelota junto al palo. Gol. Abrazo. No cualquier abrazo.

Maku siguió la pelota con mucha atención y cuando vio que acariciaba la red comenzó a correr hacia su hermano que lo esperaba con los ojos llorosos. El morocho llegó con la sonrisa del sueño cumplido y ambos se fundieron en un abrazo único. Los dos con piel de gallina. Se miraron y no se dijeron nada. Las palabras estaban lejos de ocupar un papel central.

¿El resultado del partido? Soberbio triunfo 2 a 0 de Los Paturlanes. Igual, eso es lo de menos. Estas 1963 palabras son -simplemente- para que los amantes del fútbol, ésos que muy a menudo utilizan la frase “abrazo de gol”, conozcan la historia de su mejor ejemplar.

A estos dos hermanos poco les importó que fuera un torneo de aficionados y que el partido no tuviera espectadores. Para ellos fue el gol de sus vidas.