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jueves, 27 de febrero de 2014

El recuerdo perenne de una patada frente al efímero grito de gol

Por Santiago Rivas Murphy (Rústico)

El fútbol tiene un objetivo claro e indiscutible: ganar. Y para eso, lo indispensable es hacer goles. Para muchos se trata de un arte, del éxtasis, del momento cumbre, de la realización pura. Sin embargo, en una trinchera oculta están los que creen que la patada es un arte polémico, combatido pero no por eso menos bello. De hecho, esos mismos creyentes sostienen que un golpe bien dado es más difícil que acertar la pelota entre los tres palos, superando la resistencia del arquero.

La estética es uno de los pilares donde se apoya esta controvertida posición. Los golazos, bien habidos por todos los rincones del mundo, suelen ser excepcionales. De hecho, el imaginario colectivo puede conservar tres o cuatro, dependiendo la circunstancia, le emotividad y la calidad del tanto convertido. Pero la patada es perdurable, eterna en la mente de aquellos que celebran más el grito desgarrador del rival que la afonía eufórica del festejo.

Krupoviesa, De Jong, Pepe, Aguirre Suárez, Perfumo, Hrabina, Pasucci o Erbín son algunos de los nombres para la posteridad por sus patadas célebres. Casi nadie se acuerda que España ganó la Copa del Mundo de Sudáfrica 2010 en tiempo suplementario y con gol de Iniesta. Pero todos, casi sin excepción, se estremecen cuando rememoran el planchazo quirúrgico que Nigel De Jong le propinó a Xabi Alonso.


El lirismo de la patada entiende que un golpe bien dado mantiene a ambos jugadores en cancha, sin lesiones ni expulsiones como consecuencia. La tarjeta amarilla es anecdótica, contingente al árbitro, el griterío delator de la hinchada rival y el reclamo buchonezco de los rivales. Nunca, jamás, se celebrará una patada que sirva a fines inescrupulosos como dejar fuera de competencia a un rival o perjudicar a su propio equipo con una tarjeta roja. La “mala leche”, el pegar por pegar, es como el lado oscuro de la fuerza. No tiene asidero en un mundo donde la lealtad, está por encima de todo.

De ahí se desprende que Oscar Ruggeri no integre la lista de célebres artistas marciales en el fútbol. Su fallida zancadilla sobre los tobillos de José Luis Félix Chilavert prueba que la ira y la irracionalidad no forman parte del espíritu de aquellos que se babean con una patada bien dada.

Como lo indican las artes marciales, no hay fines violentos. La utilidad del golpe dado en su justa medida se entiende para condimentar, saborizar el insípido gusto que queda en la boca a la hora de gritar un gol. No se hace con violencia, sino con una función operativa para el equipo. Y claro, los roles nunca se mezclan.

Porque así como los defensores o volantes antes nombrados no pasaron a la posteridad por su virtuosismo goleador, tampoco lo harán Cristiano Ronaldo, Lionel Messi, Ángel Di María, Gareth Bale, Carlos Tévez o cualquier otro acostumbrado goleador que quiera disfrazarse de “patadista”. Como se postuló al comienzo, la patada es un arte. Diferente, irreconciliable con el gol. En la oscura trinchera de los golpes, se festeja una zancadilla, una plancha, un codazo antes que un gol que rompa redes.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Dos hermanos separados por el fútbol


Kevin-Prince Boateng brilla en el Milán y la selección de Ghana. Jerome Boateng es un férreo defensor del Bayern Munich y la selección germana. Se llevan un año pero están separados y no se hablan.

Sentado, al compás de la vigüela, Martín Fierro esbozó la frase para la posteridad: “Los hermanos sean unidos, ésa es la ley primera”. Pero ellos no son argentinos ni tienen idea de lo que es este texto fundacional de la literatura nacional. Kevin-Prince Boateng y Jerome Boateng son hermanos pero no se tratan como tales. De hecho no se hablan y su caso es un paradigma de lo que el fútbol, a veces, puede desunir.

La historia del conflicto se remonta a mayo de 2010, cuando por la final de la Copa FA Portsmouth y Chelsea se vieron las caras. Allí, Kevin-Prince tuvo la desafortunada acción de lesionar a Michael Ballack y dejarlo afuera del Mundial de Sudáfrica que estaba en las vísperas. Su amigo y compañero de la selección alemana, Jerome Boateng, salió a criticar a su hermano echando por tierra lo que hasta ese entonces era una relación distante pero cordial.

Este fue el quiebre, pero la separación se dio mucho antes. Ambos son hijos de Prince Boateng, un futbolista que llegó a Alemania en 1981 proveniente de su Ghana natal. El 6 de marzo de 1987 tuvo con Christina a Kevin-Prince. Pero la relación no funcionó y Prince encontró consuelo en Nina con quien tendría otro hijo, Jerome, el 3 de septiembre de 1988.

Los niños crecieron con sus madres y poco tuvieron en común, a excepción de un gusto: el fútbol. Crecieron casi a la par y el ADN del padre futbolista brotó rápido en ellos. Tanto que antes de los 21 años ya eran parte de la selección de Alemania de esa categoría (U-21 como se dice en Europa).

Allí, la conducta errática e indisciplinada de Kevin-Prince le costó su expulsión del combinado teutón. Jerome ensayó una suerte de defensa de su hermano ante las autoridades alemanas pero no hubo respuesta favorable.

El destino futbolístico los llevó por rumbos bien diferentes. Jerome hizo base en Bayern Munich mientras que Kevin-Prince pasó por varias ligas hasta que encontró lugar en la Premier League inglesa. Allí, en Portsmouth (un humilde club portuario) se codeó con los grandes y en 2010 jugó la final con Chelsea. En el Mundial de 2010 Ghana y Alemania se cruzaron en la fase de grupos. Jerome le ganó a Kevin-Prince por 1-0. No se saludaron, no hubo referencias de uno hacia otro. Solamente indiferencia y la anécdota que comparten el apellido pero que de hermanos no tienen nada.


Por Santiago Rivas Murphy para futbolcurioso.blogspot.com