Notas, fotos y videos de ese costado insólito que tiene el deporte más lindo del mundo.

sábado, 30 de marzo de 2013

De campeón del mundo a futbolista amateur

Marcelo Delgado, quien hace unos días cumplió 40 años, decidió volver al fútbol. El Chelo jugará en For Ever, un club que milita en la Liga Amateur Platense (el mismo campeonato que jugó Juan Sebastián Verón). "Me sumé al plantel porque soy amigo del preparador físico y porque extrañaba un poco. Estoy entrenando con muchas ganas y esperando ansioso por el comienzo del torneo", cuenta el delantero.

Si bien la competencia oficial comenzará el sábado 6 de abril, ya disputó el primer amistoso con su nuevo equipo. El triunfo 3-0 sobre Fomento Los Hornos, con un gol suyo, alimentó la ilusión: "El objetivo de uno, que coincide con el de los muchachos y el cuerpo técnico, es pelear arriba".


El Chelo se había retirado en 2008, luego de vestir siete camisetas: Rosario Central, Racing, Boca, Belgrano, Cruz Azul de México, Barcelona de Ecuador y Selección Argentina. En total marcó 166 tantos y ganó 10 títulos, todos con el Xeneize (entre ellos, tres Libertadores y una Intercontinental).

"Soy feliz de estar en For Ever, me siento uno más del grupo. Me lo tomo con mucha seriedad y con todo el respeto que este club se merece", expresa con total sencillez.

No tendrá de compañero de ataque a Martín Palermo y tampoco hará de local en la Bombonera. Eso no le importa. Lo que quiere Delgado es volver a jugar al fútbol y, al mismo tiempo, ayudar a un club que se revolucionó a raíz de su llegada.


Para leer la entrevista completa, hacer click acá.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Messi y Cristiano a los pelotazos

Andrzej Lenard es un pintor surrealista que llegó a tener fama mundial gracias a sus dos últimas obras. El polaco, quien se hace llamar ATFLenard, retrató a Lio y CR7 de una manera muy original. Mirá los videos.

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viernes, 22 de marzo de 2013

Baldosas para un wing

* Cuento escrito por Ariel Scher y publicado en www.11wsports.com

En una baldosa, más chica o más grande, más rota o más sana, cabe todo. Lo sabía Carlos Alberto Rivada, wing derecho de los buenos, a quien le alcanzaba la superficie fecunda de cualquier baldosa para gambetear de allá hacia acá y de acá hacia allá, empastando los tobillos de los defensores rivales, avisándole a la lógica que quedaban cosas por inventar, descubriendo la jugada que nadie había escrito, haciendo de la pelota una socia, un amor o una hermana. Igual que cada pedacito del universo, una baldosa puede ser una nada o un mundo, según quién ponga los pies y la imaginación y la inteligencia y la audacia sobre esa baldosa. Rivada siempre hacía mundos y nunca hacía nadas sobre las baldosas, como recuerdan sus amigos y sus públicos. O como hubieran dicho las propias baldosas si, además de ser suelos de sueños, tuvieran voz. O como seguiría haciendo él, si no lo hubieran desaparecido.

En una baldosa, en las canchas de tierrita o en los campos que permiten que crezca el césped de fútbol, Rivada desparramaba destrezas y corridas, casi siempre en la Primera de Huracán de Tres Arroyos, su patria deportiva mientras, militante de más cuestiones que los goles, trabajaba para modelar lo que creía que sería una patria más digna no sólo en el deporte. Otra de sus patrias consistía en una vocación profesional, la ingeniería electrónica, que lo había hecho migrar de ida y con vuelta desde las baldosas de Tres Arroyos hasta las de Bahía Blanca, donde, futbolista en cada minuto, cursó la universidad pero no interrumpió el hábito de los pelotazos y se calzó la camiseta del club Liniers. Una patria más, la de las entrañas, tenía formas de familia y la compartía con su mujer, María Beatriz Loperena, y con sus chiquitos bien chiquitos, Josefina y Diego.

En una baldosa, en el espacio de una baldosa, Rivada se sacó de encima a un adversario durante el partido del 2 de febrero de 1977 que lo puso enfrente del campeón de Necochea, Estación Quequén. Jugó de wing derecho como cada vez y jugó para Huracán de Tres Arroyos como cada vez, pero la existencia no era la de cada vez. Las baldosas de la Argentina, el país en el que Rivada se había construido como futbolista, como militante, como ingeniero y como papá, temblaban por el paso de la barbarie y se hundían por el peso de una dictadura. Unas horas después de ese partido, en la madrugada del 3 de febrero, Rivada y su esposa fueron secuestrados en su casa del número 30 de la calle 9 de Julio. A Josefina y a Diego, los chiquitos, también los secuestraron y los abandonaron en las puertas de un hospital de la ciudad. Una enfermera los rescató del abismo, un núcleo familiar les permitió crecer en el cariño. Y sobre un millón de baldosas caminaron de allí en adelante preguntándose por su madre, por su padre, por qué.

Rivada es un nombre que suena como una emoción o como un legado en mil circunstancias del fútbol y, en especial, en las inminencias de cada 24 de marzo, la fecha bruta de 1976 en la que un régimen de horrores fue instalado en la Argentina. Y si ese nombre suena como suena es porque, baldosa sobre baldosa, hubo personas y organizaciones que recuperaron la historia de muchos nombres, los de los deportistas desaparecidos, y evidenciaron que el deporte queda adentro de la realidad y que la acción arrasadora de los dictadores y de sus secuaces dejó marcas en las canchas y en las pistas. Y si ese nombre suena como suena es, además, porque Diego Rivada, heredando lo que había que heredar, también apiló, junto con otra gente, baldosas sobre baldosas, ladrillos sobre ladrillos y sudores sobre sudores para que un club destrozado, el Deportivo Barracas de General Lamadrid, recobrara vitalidad, se convirtiera en un lugar donde respiran y sonríen muchísimos chicos y reivindicara el valor del deporte como una posibilidad para transformar y para transformarse. O sea para que, con creatividad, con compromiso y con alegría, las baldosas sobre las que se levanta el presente se sostuvieran en los cimientos que le dieron sentido a los días de su papá.

Ahora, en Tres Arroyos preparan una baldosa que diga María Beatriz Loperena y que diga Carlos Alberto Rivada. La estamparán delante del número 30 de la calle 9 de Julio. A simple interpretación, se dirá que esa baldosa expresará un homenaje. Sin embargo, será más que eso. En una baldosa cabe todo. Y en esa, la que va a florecer frente a esa casa, respiran la memoria y la justicia, laten la vida y un wing derecho, están Carlos Alberto Rivada y lo mejor de la humanidad.

martes, 19 de marzo de 2013

Silencio, por favor...

Señores, se ruega hacer silencio... ¡va a hablar el fútbol..!

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Lionel Messi vs. Cristiano Ronaldo 2012-2013

Por DickieR. para futbolcurioso.blogspot.com

miércoles, 13 de marzo de 2013

Con el hurón a todas partes

El disparatado espacio de Facundinho - Capítulo III 

He visto que un partido se suspenda por agresiones al referí, disturbios entre las hinchadas, cortes de luz, y hasta en alguna ocasión, que un equipo pegue muchas murras y se quede con 6. Es relativamente común que algún perro o gato se meta dentro del campo de juego... pero ¿un hurón? Eso es too much.

Antes que nada quiero ser sincero: hasta no ver el video no tenía puta idea de qué era un hurón. Me imaginaba una rata con alas y colmillos puntiagudos. Luego, al verlo, me dio mucha ternura: salvaje, clandestino, hermoso. 

Salvemos a los hurones de los estadios de fútbol, para todo lo demás existe Master Card

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* El disparatado espacio de Facundinho es la sección más irracional del blog. Aparece esporádicamente y es gentileza del fenomenal Facundo Bonetto. Sus anteriores entregas: Capítulo I / Capítulo II.

jueves, 7 de marzo de 2013

El fútbol no es ningún cuento

Fútbol Curioso inaugura su sección de cuentos de fútbol. Esperemos que puedan disfrutar de estos relatos breves que no tendrán otro objetivo que el de abarcar este hermoso deporte desde otro costado: el ficcional. Acá, la primera entrega.

El gol de sus vidas

No fue cualquier abrazo. Uno con una sonrisa que parecía escapar de su cuerpo y el otro con lágrimas en los ojos. Ambos, con piel de gallina. Pero para entender ese momento, sublime e inigualable, hay que ir unos cinco meses y 26 días más atrás en el tiempo. 

Las palabras de Tony, médico traumatólogo, le entraron como una daga directo al corazón: “Seis meses sin jugar al fútbol”. “Seis meses sin jugar al fútbol”, se repitió Maku, un tipo de sonrisa permanente que en ese momento se puso serio como un guardia del Palacio de Buckingham. El paciente quiso hacer un comentario pero su boca seca lo impidió. Estaba helado. Pero a los diez segundos, sí diez segundos, ya estaba pensando en la rehabilitación. Ya había superado el duro diagnóstico de rotura de ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha y pensaba en la vuelta. Un optimista, como el padre.

Maku llegó a su casa y Pedro, el mayorcito de sus dos hijos y el único varón, le dijo: “Hola campeón”. Con tres años recién cumplidos, y una camiseta de fútbol con los colores que le había inculcado su progenitor, se le sentó en la falda y observó algo para él incomprensible. Era un almanaque. Maku ya estaba pensando en una fecha en la cual ser operado.

El 14 de diciembre a la mañana fue la operación. A la noche estaba en su casa y tres días después haciendo quién sabe qué arriba del techo de su casa. Un genio o un inconsciente, una de dos. En un abrir y cerrar de ojos dejó de utilizar la primera muleta y al poco tiempo abandonó la segunda. Pasó Navidad y el 26, un día caluroso pero lluvioso, le sacaron los puntos.

Un sabio platense, que años atrás sufrió la misma lesión, dijo alguna vez: “Los dos primeros meses de rehabilitación de ligamentos cruzados son lo que para la mujer es el parto”. Maku, con una garra admirable, se la bancó como pocos. Hay un ejercicio, típico luego de esta cirugía, en el que la persona operada se acuesta boca abajo y alguno de los encargados de la rehabilitación va empujando la pierna quirúrgica en dirección a la cola, flexionando la rodilla. Todo ser humano en esa situación grita, insulta y hasta llora. Él, en cambio, mordía un almohadón amarillo limón y casi no emitía sonido.

Maku fue superando obstáculos y al mes de la operación ya había conseguido lo que todos tardan poco más de sesenta días. Su rodilla reconstruida, con dos tornillos y un injerto, tenía la misma movilidad que la otra. El médico y los profes no lo podían creer. Nunca antes habían logrado que un paciente evolucionara tan rápidamente.

El tiempo pasaba y un sueño se repetía. Más de una noche Maku se despertó a la madrugada con un grito de gol atragantado. A veces de rebote, otras de cabeza y en alguna ocasión de chilena (una de sus mayores virtudes en el deporte de los noventa minutos). Pero la idea era la misma: no sólo volver al fútbol, sino también convertir un gol. En la vida hay dos tipos de orgasmos, los que crean familias y los que crean pasiones. El gol es de los segundos. El gol es mucho más que un try en el rugby, un tanto en el tenis y un triple en el básquet. El gol se grita desesperado y es el único momento en que dejás de ser vos mismo. Estás en otra dimensión. Por eso, soñaba con la vuelta y con ese grito del corazón.

Pasados tres meses de la operación los encargados de rehabilitar a Maku estaban desconcertados.

­­- No puede ser, ya está para trotar. Le hice un par de pruebitas físicas sin decirle para qué eran y está como nuevo- dijo Javi, el más asombrado de los profes.

- Sí, yo lo vi y la verdad es que su recuperación fue mucho más rápida que lo normal. Igual todavía no le digan nada porque si sabe que está tan bien, va a querer jugar al fútbol a los cuatro meses- ordenó Tony, mientras movía la cabeza de lado a lado, sin encontrar respuestas.

Pasaron dos semanas más y el mismo médico se acercó a su paciente. “Mirá tu rehabilitación va excelente y de a poco los chicos te van a ir largando. Hoy vas a trotar tres vueltitas y de a poco vas a ir corriendo un poco más”, le dijo Tony. Ese mismo día Maku se hizo el tonto y robó una vuelta. Fueron cuatro.

Las mejoras físicas continuaron y a fines de abril el morocho de sonrisa constante ya estaba para jugar. Por supuesto que nadie se lo dijo. Tanto médico como profes optaron por la prudencia y sólo un mes más tarde le dijeron que su pierna estaba casi recuperada. Igual, la aclaración de Tony fue contundente: “Todavía no juegues al fútbol”.

Llegó a su casa con un buen humor más grande que lo habitual. Beso en la boca para su mujer y abrazo con sus dos criaturas, las primeras acciones. “Hola papá” y “Hola campeón” fueron las palabras de Juana y Pedro respectivamente.

Llegó el sábado y no jugó al fútbol. Hizo caso a las recomendaciones médicas. Era un día de junio pero la temperatura era agradable. Maku se vistió de deportista y salió a trotar con la compañía de los Rolling Stones que cantaban en sus oídos. A los 37 minutos estaba de regreso. Se sacó la remera y se puso a regar. Su hermano menor se acercó a saludarlo.

- ¿Qué hacés regando un sábado a las diez de la mañana?, dijo con una voz de recién levantado que se asemejaba a la de Mostaza Merlo.

- Qué tiene- respondió Maku. –Regar es como ir a terapia, te despeja- filosofó.

Durante la semana siguiente la pierna siguió con una mejora creciente. Asistió a la rehabilitación cada uno de los días correspondientes, mientras esperaba que el viernes le dijeran “sí, ya estás para jugar”. Nada de eso ocurrió. Tony, pensando en que le daba una buena noticia, le dijo: “Clínicamente ya estás de alta, pero esperá dos semanitas para jugar, eh...”. El morocho miró el piso y no atinó a decir nada.

Al otro día, a las 13.07 sonó el teléfono. Era el Loro con la noticia de que faltaba uno para el partido de las 14 y que nadie podía conseguir a uno para completar. “Dejame pensar”, suspiró Maku. “Hacemos así, voy con mi hermano y yo de paso aprovecho para correr un rato”...

Los dos hermanos partieron a último momento. Cruzaron la ciudad a diez mil kilómetros por hora y finalmente llegaron a tiempo (sólo doce minutos tarde era todo un récord). A Maku le encanta llegar a último momento; no hay vez que su equipo no esté cambiado esperando por su presencia. En realidad sí, sólo cuando él es el encargado de lavar las casacas. En esas oportunidades todos están esperando no sólo por su llegada sino también por la vestimenta.

- Ya son once, les traje a mi hermano- dijo con el orgullo que le producía haber solucionado un problema a pesar de no estar para jugar.

- Mmmm, hubo un imprevisto. Se bajó Jose y otra vez somos diez- lamentó el Loro, señalando al resto con ambas manos.

“Que feo empezar un partido con diez. Es casi tan malo como ir a jugar al fútbol 5 y ser nueve. Un asco”, pensó Maku. El grupo quedó en silencio. Todos sabían que con uno menos casi no había posibilidades. Los rivales no eran ningunos improvisados, por algo venían invictos. El pitazo agudo del árbitro rompió la parálisis de Los Paturlanes, el equipo de Maku y compañía.

- Pará, pará, hagamos una cosa. Yo juego, me quedo parado, pero por lo menos no juegan con diez- dijo Maku que ni siquiera tenía botines.

- No seas pelotudo- saltó su hermano que hasta ese momento había estado en absoluto silencio.

- No, de verdad. Me quedo ahí arriba y paso las que me llegan. Yo soy el primero que se va a cuidar- contestó el morocho.

Esas palabras absurdas convencieron a todos. Era obvio que no iba a cumplir con nada de lo que había dicho. Y así fue. Las corrió y las pidió todas. Igual el nivel del delantero en los primeros veinte minutos no fue del todo bueno. El sacrificio estaba, pero le costaba, y mucho, poder hacerse de la pelota. Le resultaba imposible pararla y muchos menos correr con la bola al pie.

Las sensaciones del hermano de Maku eran diversas. Por un lado la alegría de volver a jugar juntos, por el otro, miedo. Pánico. Cada vez que el morocho aceleraba, giraba o simplemente se movía, su hermanito sufría. Fruncía la cara y esperaba el final de la jugada para ver que pudiera volver a correr.

En definitiva los dos estaban jugando mal. Uno por volver al fútbol después de casi medio año y el otro por el susto que tenía. Promediaba el primer tiempo y casi no habían hecho nada. Igual, los otros veinte jugadores, esto hay que aclararlo, tampoco generaban demasiado. Se convidaban la pelota en forma permanente y las imprecisiones dominaban la escena.

De pronto Tincho, de Los Paturlanes, un marcador de punta criterioso pero ya sin tanta velocidad, tomó el balón en posición de ocho y empezó a escalar por la franja derecha. Los rivales no le salieron y el tipo avanzó. Cuando llegó a la altura del área, levantó la cabeza y mandó el centro...

En el área había cinco personas. Un arquero vestido en forma exagerada, tres defensores, todos con una altura superior al metro con 75 centímetros y Maku. Ah, algo que todavía no se mencionó: el morocho mide 1,66. El único atacante picó al primer palo y un segundo antes de que llegara la bola se impulsó con sus zapatillas blancas. En el aire cabeceó.

Del otro lado, por la banda izquierda, subía su hermano que cuando vio el cabezazo frenó de golpe. Con él, también se detuvo el número cuatro. Ambos presenciaron un salto perfecto y una definición cruzada, muy estética, pero con destino incierto.

El final de la jugada merece ser repasado desde el punto físico en donde se encontraba Maku. Si hacemos dos líneas rectas e imaginarias, una desde el primer palo hacia adentro de la cancha y otra desde el punto del penal hacia el sector desde donde venía el centro, nos encontramos con el morocho. Desde ahí, exactamente en ese punto, el petiso cabeceó la pelota. ¿Dónde terminó la bola? Antes que nada hay que decir que la parábola fue perfecta. El único que tuvo certezas sobre el destino final fue el arquero quien estaba convencido de que todo terminaría en el cuarto saque de meta en su favor. Error. Pelota junto al palo. Gol. Abrazo. No cualquier abrazo.

Maku siguió la pelota con mucha atención y cuando vio que acariciaba la red comenzó a correr hacia su hermano que lo esperaba con los ojos llorosos. El morocho llegó con la sonrisa del sueño cumplido y ambos se fundieron en un abrazo único. Los dos con piel de gallina. Se miraron y no se dijeron nada. Las palabras estaban lejos de ocupar un papel central.

¿El resultado del partido? Soberbio triunfo 2 a 0 de Los Paturlanes. Igual, eso es lo de menos. Estas 1963 palabras son -simplemente- para que los amantes del fútbol, ésos que muy a menudo utilizan la frase “abrazo de gol”, conozcan la historia de su mejor ejemplar.

A estos dos hermanos poco les importó que fuera un torneo de aficionados y que el partido no tuviera espectadores. Para ellos fue el gol de sus vidas.

martes, 5 de marzo de 2013

Cabezas de pelota

No se trata de una metáfora. Estas personas tienen literalmente una pelota en su cabeza. La magia de la fotografía...





viernes, 1 de marzo de 2013

Las mejores frases de Balotelli

En los últimos días trascendió que Mario Balotelli encargó una estatua de él mismo. Esta noticia no debería sorprender a quienes conocen la personalidad del delantero italiano. Este futbolista es el mismo que jugaba en el Inter y asistió a un programa de televisión con la camiseta del Milan, y aquel que llevó su iPad al banco de suplentes en un partido de su selección.

Acá una recopilación de sus mejores frases:

- "¿Cuando un cartero entrega una carta acaso lo celebra?", su explicación de por qué no festeja los goles.

- "Sólo hay un futbolista que es un poco mejor que yo, Messi".

- "Soy un genio, no un rebelde. Pocos tienen mi talento, así que también son pocos los que pueden juzgarme".

- "Porque me aburría", su explicación de por qué le tiró dardos a los juveniles del Manchester City.

- "Si no fuera futbolista, probablemente me gustaría ser luchador de la UFC".

- "Odio a los periodistas. Difícilmente pierdo el tiempo hablando con ellos".

- "El árbitro vio mi cuerpo y tuvo envidia, por eso me amonestó", su explicación de por qué le sacaron amarilla tras sacarse la camiseta.